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miércoles, 26 de junio de 2013

El diario de Astrea

Astrea era una ciudad moderna y tranquila. Se diferenciaba de las urbes vecinas no sólo en su distribución equilibrada y práctica, sino también en el comportamiento de sus habitantes. Los astrecenses eran gente pacífica y por lo general amable. Sin embargo, la vida social en Astrea era hermética. La ciudad evitaba tratos con el exterior, y sus habitantes sólo salían de ella hasta los hitos que marcaban el fin de su jurisdicción. Los gobernantes de Oleda y de Magra –los núcleos urbanos más cercanos– envidiaban y desconfiaban de los dirigentes políticos de Astrea. Sobre todo porque éstos nunca se dejaban ver, ni participaban en los Actos Interurbanos anuales. Realmente nadie sabía cómo era la vida en esa ciudad, dado que los visitantes nunca se quedaban mucho tiempo. Apreciaban el buen funcionamiento de los servicios y la felicidad de los residentes, pero no podían evitar sentirse incómodos. Nadie era por naturaleza benévolo y abnegado como los astrecenses. De modo que acababan por regresar a sus lugares de origen, preguntándose cómo lo harían y si algún día todo el mundo podría marchar así de bien.
Elio, como muchos otros oledanos curiosos, había viajado a Astrea para vivir de primera mano la asombrosa experiencia de la que tanto hablaban los turistas que ya habían probado la inmersión cultural. Había llegado por el Portal Norte, que comunicaba la ciudad directamente con Oleda. Era un portal antiguo y mal mantenido, de una época previa a la prosperidad reciente de Astrea, pero seguía funcionando y teletransportaba a turistas y comerciantes de vez en cuando. Desde allí había cogido un tren elevado, por primera vez en su vida, hasta el Hotel Público de Astrea, el único establecimiento hostelero de la ciudad. Había permanecido en el Hotel dos semanas, maravillado ante el trato de los encantadores astrecenses y fascinado por su comportamiento. Según comentaban en el Hotel, pasaba las mañanas en las terrazas de los bares, viendo a los trabajadores pasar y tomando notas en su cuadernillo verde. A las dos semanas se había marchado y en Astrea no se volvió a hablar de él.
La muchacha de servicio se preocupaba a menudo. Sentía que no encajaba en el Hotel. El resto del personal parecía contento y trabajaba mucho más eficazmente que ella. Se sentía el engranaje romo, el que desbarataba la perfecta maquinaria del servicio en el establecimiento. Le molestaba tener que sonreír siempre a los clientes, tener que soportar las exigencias de los maleducados turistas. Pero no veía que a sus compañeros les afectase y eso le preocupaba. Ellos parecían estar diseñados para la hostelería: cumplían con gracia y profesionalidad.
Aquella mañana la muchacha estaba limpiando las habitaciones de la tercera planta sin prestar mucha atención a su trabajo. Su mente estaba en los cinco días de vacaciones que disfrutaría al finalizar el mes, cuando se topó con el cuadernillo verde en un cajón de la mesilla de noche. Recordaba muy bien el cuadernillo. Lo había traído el oledano guapo que se había alojado allí hacía unas semanas, y no se había despegado de él en toda la duración de su visita. La muchacha no imaginaba cómo podría haberlo olvidado, con el apego que había demostrado tenerle. Naturalmente, lo abrió para ojear. Según lo hizo, pensó que sus compañeros probablemente lo habrían entregado en recepción sin cotillear, por si el dueño volvía buscándolo, pero ella no era sus compañeros.