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sábado, 29 de junio de 2013

Ángela y el mar

El puerto deportivo estaba desierto, exceptuando a la mujer que paseaba con su gato. El animal, negro como la noche, no se despegaba de las piernas de su dueña. Ella avanzaba con decisión en la oscuridad, ignorando a la criatura que serpeaba entre sus tobillos.
                Ángela se llamaba. Pasaría la noche, como todas las anteriores, con la única compañía de su mascota. En el paseo marítimo los lugareños disfrutaban del ocio nocturno entre música y carcajadas. Ella, desde la soledad del malecón, sólo oía el suave romper de las olas.
                Presionando la palma contra la cerradura, abrió la cancela que daba acceso al muelle y descendió hasta el pantalán, con el gato aún a sus pies. Lo recorrió en silencio mientras buscaba una nave apropiada. Eligió un velero pequeño con el nombre “Coralina” grabado en su casco granate. El dueño no lo había cubierto con una lona como los demás. Ángela saltó a la cubierta y extendió los brazos para que el gato la siguiera. Desamarrando la embarcación, la empujó hacia el mar, dejando atrás las luces de la ciudad.
                Coralina contaba con un motor fuera borda, pero Ángela valoraba el silencio, por lo que no lo usó. En cambio, depositando primero el gato en el suelo, izó la vela mayor con destreza y descendió la orza. Luego se irguió hasta su máxima altura y abrió los brazos, murmurando suavemente. Casi de forma instantánea, el viento recorrió la bahía, levantando espuma e inundando el aire con el olor de la salmuera. Por primera vez en la noche, Ángela se permitió una sonrisa. Siempre había estado sola y el mar siempre la había consolado. Esta noche, finalmente, se uniría a él para nunca más tener que abandonarlo.
                La botavara giró violentamente, llenando la lona de aire con un sonoro chasquido al tiempo que el gato siseó, aterrado. Ángela cazó el foque y, agarrando la caña del timón con fuerza, orientó la popa en dirección al puerto, poniendo así rumbo hacia la densa oscuridad del océano.
                Navegó cerca de una hora en sentido opuesto a la ciudad, con el gato acurrucado en su regazo, hasta que ésta por fin se perdió de vista. Depositando al animal cuidadosamente en el suelo, arrió las velas y subió el timón, dejando el oscuro velero a la deriva. Y así, con las olas lamiendo el casco de Coralina, comenzó.

domingo, 23 de junio de 2013

La elección

Caminaban de la mano por la playa. Amanecía un día plomizo y precioso. Rayos apolíneos perforaban el tapiz del horizonte, esclareciendo el camino de los paseantes. La pareja seguía la costa, aparentemente interminable, en silencio.

Ella miraba hacia los nubarrones sobre el mar, al punto donde los nítidos haces sugerían que debía de estar el Sol. Con la vista seguía el reflejo de la luz sobre el agua, contemplativa. Su mente, en un estado de plácida embriaguez, se mostraba ajena a las inquietudes intelectuales. Las vacaciones, por fin, le permitían disfrutar de su existencia sin más. De vez en cuando comprimía levemente la mano que agarraba como modo de compartir su elación y su afecto.

Él la miraba a ella. Caminaba por el interior, donde las olas sólo acariciaban sus tobillos. Trataba de vaciar la mente, de disfrutar del idílico momento que compartían, pero le era imposible. Cerró los ojos para que la luz le bañase los párpados, con la esperanza de que ésta purgase su cerebro de los pensamientos que lo acosaban. Cada vez que ella apretaba su mano, sentía que debía entregarse ciegamente, olvidar cualquier recuerdo y rendirse a la felicidad que le brindaba. Sin embargo, cuando ella se giraba para ver las olas, sentía una fría culpabilidad en su conciencia recóndita. Era como una traición, pensaba, permitirse cosechar los placeres de dos relaciones extraordinarias y no devolver su indivisible atención a ambas.

No era una infidelidad. Su novia, la que había dejado en casa, la compañera de toda una vida, sabía con quién estaba, sabía que no era una sustitución. También sabía que no era un capricho. La mujer que paseaba con él, sin embargo, era ignorante de su conflicto. Con todo el tiempo que se llevaban viendo, él no había aunado valor para explicarse. De nuevo, esta no había sido una decisión deshonesta. Confiaba en que lo entendería. No obstante, le parecía una declaración dolorosa, para todos. Aunque ella fuese capaz de asimilar que los sentimientos de su chico eran bidireccionales, no podría evitar pensar que contaba con una reciprocidad incompleta, fragmentada.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Noesis

El ermitaño, aunque ya mayor, se mostraba sorprendentemente lúcido en su escritura. No era así en el diálogo, que hacía tiempo no ejercía; nunca se le había dado bien la gente. Vivía solo en un suntuoso piso de la Gran Vía, pero únicamente porque esa había sido la casa de su esposa. Para él era un lugar lleno de recuerdos más que de comodidades. Si en su mano hubiese estado habrían vivido en el pueblo, donde se crió, pero quería demasiado a su mujer para hacerla abandonar su preciada herencia y hogar.

Con un suspiro retiró la cabeza del papel y soltó el lapicero. Apretando los dientes, se agachó en la silla para rascarse la pierna varicosa por debajo del pantalón. Tenía que descansar un rato. Lentamente se levantó de la mesa y, arrastrando los pies, avanzó hasta el salón, donde abrió la ventana para inundar la casa con los ruidos de la calle. Sin asomarse a la concurrida avenida, se tumbó en un sillón, con las piernas en alto, y tomó de la mesilla un tarro.

Sonrió. Este era su secreto, su placer prohibido. Sin él no habría podido seguir viviendo al fallecer su mujer. Era lo que daba sentido a su triste vida, lo que le permitía escapar de la casa, recorrer Madrid, escribir sobre las vidas anónimas de la ciudad.

El tarro zumbaba levemente; un susurro suave, seductor. Abrió la tapa e introdujo la mano en el bote, atrapando la mosca diestramente. Reteniendo a la mosca con ambas manos, cerró los ojos, concentrándose en el insecto que todavía revoloteaba entre sus dedos. Sintió la vida del animal, su insignificante actividad mental. Sin gran esfuerzo, desplazó la conciencia de la mosca para tomar posesión de su organismo. Al abandonar el viejo su propio cuerpo, los brazos calleron lacios a sendos lados del sillón. Con desbordante júbilo, alzó el vuelo y se lanzó a la Gran Vía, donde le recibió el caluroso sol de la tarde de julio.